La máquina de Turing, crítica teatral

18 Nov 2020

Los 41 años de vida de Alan Turing (1912/1954) dieron para mucho, a pesar de lo abrupto de su final, denostado por los convencionalismos de la sociedad británica de mitad del siglo XX, a pesar de la brillantez de su carrera académica como matemático, lógico teórico y gran impulsor de la informática moderna, junto con su impagable contribución al Reino Unido, al ser capaz de descifrar el Código Enigma que terminó por inclinar la balanza de la II Gran Guerra Mundial hacia el bando aliado.

“…tenía 13 años, faltaban 28 para suicidarme”

La máquina de Turing, crítica teatralCincuenta y cinco años después de su muerte (2009), el primer ministro británico en ejercicio entonces, Gordon Brown, rehabilitó la figura científica e histórica de Turing, a través de un comunicado en el que expresaba la petición de disculpas en nombre de su gobierno, aunque no fue hasta 2013 cuando la reina Isabel II emitió el documento de indulto que terminó por restituir la memoria, y legado histórico, del científico y gran aficionado al atletismo y las carreras de largas distancias como la maratón.

Benoit Solès estrenó, en 2018, su propio texto teatral bajo la referencia de la obra, de Hugh Whitmore, “Breaking the Code” (1986), poniendo el foco en Turing como ser humano, encargándose de interpretarlo en primera persona, obteniendo la gran recompensa de cuatro Premios Molière en 2019, entre ellos el de mejor autor de habla francesa viva y el de mejor actor; suponiendo una aportación a la historía de este personaje que supera en matices otros intentos, como el de la conocida película realizada en 2011 “The Imitation Game” (titulada en España “Descifrando Enigma”).

“¿Se ha dado cuenta que la gente que dice que le gusta mucho el humor, no lo tiene?”

El reputado texto de Solès llega a España de la mano de Claudio Tolcachir, quien parece haber cogido gusto a las tramas marcadas por tintes científicos, tras dirigir “Copenhague” el año pasado en medio del debate ético protagonizado por Bohr y su alumno Heisenberg, alrededor de la fisión nuclear. Tolcachir acierta en el ritmo elegido para recrear el planteamiento de Solès, utilizando los perfiles de la historia personal de Turing para enmarcar su aportación y su legado.La máquina de Turing, crítica teatral

¿Cuál fue el delito Turing?. Fue acusado de mantener relaciones inapropiadas con un joven, siendo condenado a la castración química, lo cual nunca negó en su juicio, además de haberlo revelado él mismo, con absoluta naturalidad, al realizar la denuncia de un robo en su propia casa. Hecho y circunstancias estupendamente recreados en una de las primeras escenas de esta propuesta teatral, detonante de un abrupto cambio en la vida del padre de la informática moderna quien lo aceptó sin renunciar a ser quien era, a pesar de todo, enunciando la frase de “¿Qué eran diez libras y un mal rato, en comparación con la suavidad de su piel?“.

“¿Pueden pensar las máquinas?”

Muy adecuada resulta la escenografía diseñada por Emilio Valenzuela, versátil en sus elementos, ora muebles de bibliotecas llenas de libros, ora paneles ocupados por signos algebraicos o números matemáticos, y siempre oportunamente utilizados para recibir en ellos las sugerentes videoproyecciones, también responsabilidad de Valenzuela. Destacadas aportaciones de Juan Gómez Cornejo, con una iluminación llena de sutileza, y de Gaby Goldman como responsable musical.

La máquina de Turing, crítica teatral

Solès con esta obra recibió el Premio Molière tanto como autor teatral y como actor, y parte del éxito de ambos campos está en lo agradecido que resulta, desde el punto de vista actoral, el personaje de Turing, lleno de tics, de matices, del tartamudeo de su voz, víctima de una timidez que parece impedirle relacionarse con normalidad con los demás, pero dotado de un cerebro excepcional que llega a desconcertar a quienes se interrelacionan con él, y Daniel Grao sabe optimizar ese regalo, aún lleno de dificultad interpretativa, para conseguir un resultado óptimo que enmarca su buen momento profesional. Junto a él, Carlos Serrano le da réplica a través de cuatro personajes distintos (el sargento Ross, el joven chapero con el que mantiene una relación, el campeón de ajedrez con el que trabaja para descifrar ‘Enigma’ o el camarero de un hotel) que al margen de recrear con soltura, todos ellos, es capaz de ‘saltar’ con gran agilidad y credibilidad de uno a los otros y viceversa, aún tratándose de escenas consecutivas, pegadas entre si, permaneciendo en el escenario.cartel de La Máquina de Turing

“Cuando miren el cursor en sus pantallas, parpadeando, piensen en mí …quizás sea yo que les esté saludando”

Ochenta minutos muy bien utilizados para compartir una historia de un hombre que más allá de su talento, brillante carrera científica y gran aportación para luchar contra el ejército nazi, fue perseguido por diferente, como sesenta años antes lo fue Óscar Wilde e igual que otros muchos también lo fueron después. Su presunto suicidio, mordiendo una manzana envenenada con cianuro, cual la Blancanieves del cuento que quizás quiso ser, mas allá del “sabio” con cuyo mote se referían a él sus compañeros y amigos de adolescencia, sirvió de inspiración a Steve Jobs para dar forma al logo de Apple, toda una metáfora del legado de Alan Turing en la informática que hoy conocemos.

 

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