Hedda Gabler

03 May 2015

A final del siglo XIX fue tendencia el psicoanálisis, y personalidades como las de Sigmund Freud o Friedrich Nietzsche marcaron la época, llegando su efecto hasta los escenarios teatrales del momento a través, entre otros, del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, quien supo hurgar, con acierto, en los salones repletos de convencionalismos de la burguesía de la época, enfrentando a sus personajes a las expectativas de lo que se esperaban de ellos, frente a sus reales instintos y anhelos. Un clásico de esa época es “Hedda Gabler”, centrado en un personaje femenino muy complejo, inteligente, pero poco orientado hacia el amor, de emociones controladas, frio y calculador, un punto manipulador, que sufre y hace sufrir, y que como resume la conocida cita de Goethe: “…la infelicidad máxima, como la felicidad máxima, modifica el aspecto de todas las cosas”, es infeliz y contagia la infelicidad a quienes le rodean.

El Teatro María Guerrero presenta hasta el 14 de junio esta producción, con texto versionado por Yolanda Pallín y dirección de Eduardo Vasco, intachable desde el punto de vista técnico y puesta en escena; con un escenografía, de Carolina González, algo minimalista, pero que funciona, destacando el efecto del gran cortinaje que ocupa la parte central del escenario, dando acceso a la zona de proscenio, donde un gran árbol, con las hojas abatidas por el aire en un conseguido movimiento, va adoptando diferentes tonos de color según el momento de la obra. Durante la representación, y entre los personajes, va apareciendo y desapareciendo el músico Jorge Bedoya, que interpreta al piano la música compuesta para la ocasión por Ángel Galán, en un ripio que intenta optimizar la presencia en escena de un piano durante toda la obra como un elemento fijo, casi el único. La iluminación, de Miguel Ángel Camacho, está muy conseguida. Mención especial para el trabajo de vestuario de Lorenzo Caprile, impecable en el diseño de los vestidos que utiliza el personaje de Hedda, utilizando una paleta de colores que se va oscureciendo según avanza la trama, ayudando a realzarla.

La elección de Cayetana Guillén Cuervo para encarnar el complicado y poliédrico personaje de Hedda Gabler es acertada, aunque es de ese tipo de actriz, y de mujer, que nos genera tantas expectativas, que tras cada uno de sus trabajos, tenemos la sensación que todavía nos queda por ver el trabajo por el que se la recordará. En esta ocasión, aunque la carga dramática que utiliza es adecuada, especialmente en la parte final de la obra, observamos una cierta falta de crecimiento en los matices desde el principio de la trama -cuando es una recién casada, que acaba de regresar de su viaje de novios- hasta alcanzar los momentos de mayor dramatismo –con la rotura del manuscrito de Lovborg-, algo similar a lo que representan la evolución a los tonos oscuros de sus vestidos y que no observamos en la evolución de su personaje en escena.

Del resto del elenco destaca el trabajo de Jacobo Dicenta en el “juez Brack”, aunque el personaje es, seguramente, el más agradecido de la trama y podría haber soportado un punto más de cinismo y maldad –en nuestra sociedad actual, tenemos grandes ejemplos a utilizar-. Ernesto Arias consigue un buen resultado como Jorge Tesman y es a quien más involucrado se ve con el espectáculo. José Luis Alcobendas consigue un adecuado Eliert Lovborg, quizás el papel más complicado, tras el de Hedda. Cumplidos trabajos de Charo Amador, como Julia Tesman, y Verónika Moral, como Thea Elvsted.

El ambiente de las grandes ocasiones teatrales rodeó este estreno en Madrid el pasado 24 de abril con mucha presencia de gente del teatro, de la sociedad e, incluso, de la política. La obra, la producción del Centro Dramático Nacional, el equipo técnico, su protagonista y todo el elenco lo favorecían. Es un espectáculo de alta calidad, cuidado en su presentación, pero algo del minimalismo con el que se presentó en escena, traspasó hasta el patio de butacas y cierta frialdad prendió entre los espectadores; en todo caso encomiable el reto de actualizar, y programar, esta Hedda Gabler, ciento catorce años después de su primer estreno en Madrid, entonces en el Teatro de la Comedia.

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