Doña Rosita, anotada; crítica teatral

04 Dic 2020

Doña Rosita, anotadaAl entrar en El Pavón Teatro Kamikaze mi atención se concentra en la  conversación entre una pareja, en la travesía de lo que se conoce como edad madura: “¿a ver qué hace Pablo Ramón con Doña Rosita ‘la soltera’?”, le pregunta ella a él, a lo que responde: “bueno ‘Los mariachis’ y ‘El tratamiento’ nos gustaron; “sí, responde ella, pero de ahí a actualizar a Lorca va un trecho”.

“Eléboro, fucsias y los crisantemos, Luis Passy violáceo y altair blanco plata con puntas de heliotropo”

Al terminar la propuesta, busqué con mi mirada a los protagonistas de esa conversación para valorar su reacción, sin encontrarlos. Y es que esa anécdota casual marca los condicionantes de las expectativas ante cualquier aspecto de la vida, y por supuesto también al acudir a un espectáculo.

Pablo Remón ni versiona, ni adapta, “Doña Rosita ‘la soltera’” (tampoco lo intenta) sino que compone un hecho teatral diferente a partir de la protagonista creada por Lorca, con la ubicación temporal contemporánea del año 2008 e introduciendo elementos propios, como sus recuerdos, e incluso personajes, como las tías, y madre, del “Anotador/Autor/Relator” que va interactuando con el público desde el inicio de la obra, haciendo saltar por las aires la cuarta pared. 

“Granada, calle de Elvira,   Una 'Manola'

donde viven las ‘manolas’,

las que se van a la Alhambra,

las tres y las cuatro solas.

Una vestida de verde,

otra de malva, y la otra,

un corselete escocés

con cintas hasta la cola.Detalle de la Alhambra

Las que van delante, garzas;

la que va detrás, paloma;

abren por las alamedas

muselinas misteriosas. 

¡Ay, qué oscura está la Alhambra!

¿Adónde irán las ‘manolas’

mientras sufren en la umbría

el surtidor y la rosa?”

Dice Pablo Remón en el programa de mano que, en el texto de Lorca, “parece que no pasa nada, pero lo que pasa es el tiempo”, y esa es otra de las “patas de la mesa” sobre la que se sustenta este experimento metateatral, que juega permanentemente entre realidad y ficción, a medio camino entre la historia escrita por el genio nacido en Fuente Vaqueros y la experimentación que nos comparte Remón a través de los labios de su “alter ego”, el “Anotador/Autor/Relator, junto con Manuela y Fernanda, ésta, mujer de aquel, quien, como filóloga, ayuda a su marido en la aproximación que intenta para darse respuesta a como recrear a Rosa hoy, casi cien años después de Lorca, en un mundo, entre empoderamiento y feminismo, marcado por las formas de hacer de Tinder.

Permanece Rosa, quien espera durante más de 20 años el, prometido e incumplido, regreso de su amado primo desde la provincia argentina de Tucumán, pero transita su esencia hacia cualquiera de esas mujeres, a miles,  por todos conocidos, en nuestras familias o en nuestro círculo de amigos, más allá de la España de Lorca, en nuestra contemporaneidad, antes “solteronas”, ahora “singles”, en ocasiones consecuencia del hacer de otros y otras veces atrapadas por sus propias decisiones, pero ¿por qué la pareja tiene que ser la idealización de toda vida?, se sea mujer u hombre.

“Un día bajo al paseo y me doy cuenta de que no conozco a nadie; muchachas y muchachos me dejan atrás porque me canso, y uno dice: ‘Ahí va la solterona’; y otro, hermoso, con la cabeza rizada, que comenta: ‘A esa ya no hay quien le clave el diente…”

La experimentación que domina este trabajo de Pablo Remón a partir del personaje de Lorca en “El lenguaje de las flores” alcanza a la forma en la que los actores lo interpretan, ya que los dieciocho personajes originales, más los creados en esta propuesta (las dos tías del “Apuntador/Autor/Relator”, la madre y Petra, la criada rumana) son interpretados por los tres únicos actores en escena, sin convenciones en el rol de género, Fernanda Orazi es Rosita, además de la esposa del autor y también Carmen una de las dos tías de éste; Manuela Paso es Petra la asistenta rumana y también la madre del autor, además de Pilar, junto con la otra tía del “Apuntador/Autor/Relator”; Francesco Carril encarna a éste, a una de las tías mientras Orazi interpreta a la protagonista, además de al primo y prometido de Rosa, que se va a Argentina para no volver y a un joven ochentero, disfrazado de mujer, hijo de una de las amigas de juventud de Rosita, que llega a flirtear con ésta, entre su sorpresa y, contenida, algarabía.

Doña Rosita, anotada

Mónica Boromello, en la escenografía, logra un resultado sorprendente en esta propuesta, que inicialmente parece anclada a la expresión de asceta, a través de tres paneles de color grisáceo, que nada parecen decir, pero los cuales crean un universo diferente al abalanzarse al suelo, con el estruendo sonoro inherente y una fuerte corriente de aire producida por su movimiento que se adentra hacia el patio de butacas, dejando ver, tras sí, primero el decorado de la casa de Rosita, y posteriormente el jardín de la escena del compromiso incumplido de su primo. Gran trabajo estupendamente complementado por la eficaz iluminación de David Picazo y un adecuado espacio sonoro de Sandra Vicente.

“Si la gente no hubiera hablado; si vosotras no lo hubierais sabido; si no lo hubiera sabido nadie más que yo, sus cartas y su mentira hubieran alimentado mi ilusión como el primer año de su ausencia. Pero lo sabían todos…”

Francisco Carril, Fernanda Orazi y Manuela Paso salen indemnes del juego metateatral creado por Pablo Remón, y ello no es poco. Los continuos saltos interpretativos de unos personajes a otros, desde los creados por Lorca a los que cobran vida en este montaje, son bien resueltos por los tres. A los dos primeros los pudimos disfrutar hace no mucho, en “Los días felices“, con un gran desempeño de la Orazi, y aquí vuelven a confirmar las buenas sensaciones de su momento profesional. Manuela Paso se desenvuelve con su habitual solvencia, incluso en el papel de la madre del “Apuntador/Autor/Relator”, algo no fácil.

Doña Rosita, anotada

Habrá público que se sentirá defraudado al no ver lo que, quizás, vino a ver: una versión del clásico de Lorca; también habrá a quien le parezca que el giro que le da Remón al texto del poeta granadino mejore su original. Lo que sin duda hay es un experimento metateatral de gran interés, hecho con calidad, artística y técnica, que no deja indiferente y eso, en estos tiempos es mucho. Delante de mí, Pedro Almodovar y Penelope Cruz, al finalizar el espectáculo,  demuestran la afirmación anterior, comentando sobre lo que acaban de ver, mientras realizan la salida del teatro ordenadamente, de acuerdo a las instrucciones realizadas por el personal de sala en esta nueva normalidad impuesta por el Coronavirus Covid-19, cosas de, casi, un siglo después de Lorca.

 

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