Atocha: el revés de la luz; crítica teatral

24 Abr 2021

Los libros de historia en los que estudian los niños y adolescentes de hoy en España, dedican, como mucho, un capítulo a la, denostada desde la visión de esta tercera década del siglo XXI, transición política española, englobando en ello lo concerniente al Gobierno de Arias Navarro, al nombramiento de Adolfo Suárez como su sustituto, las primeras reformas, la legalización del Partido Comunista de España (PCE), las primeras elecciones democráticas, el segundo Gobierno de UCD, los Pactos de la Moncloa, el reconocimiento de las autonomías, el ‘café para todos’ de Felipe González o el recartelferéndum constitucional. Y lo mismo ha pasado con generaciones inmediatamente anteriores, con lo cual hay treintañeros, cerca de la cuarentena de edad, que no tienen un conocimiento real, y detallado, de lo sucedido en la reciente historia de nuestro país.

Por todo lo anterior, y más allá de otros matices, es muy importante que se aborden, desde el mundo de la escena, propuestas teatrales como “Atocha: el revés de la luz”, cuyos hechos son mucho menos conocidos de lo que cierta generación que sí vivimos aquella época, podamos imaginar.

“¿Hemos muerto para ser realistas?”

El 24 de enero de 1977, en un bufete laboralista en la c/ Atocha nº 55, de Madrid, un comando ultraderechista lanzó un ataque terrorista que acabó con la vida de los abogados Enrique Valdevira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz y Francisco Javier Sauquillo, además del estudiante de derecho Serafín Holgado y el administrativo Ángel Rodriguez Leal; resultando gravemente heridos Miguel Sarabia Gil, Luis Ramos Pardo, Lola González Ruiz y Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell. A consecuencia de lo cual hubo una movilización social y política de profundo calado que dió paso a la legalización del PCE, setenta y cinco días después de esos hechos, y con ello al inicio real del proceso de transición democrática en España.

Sirvan estos tres párrafos anteriores que en sentido estricto no se corresponden con una crítica teatral al uso, para reseñar, lo que en nuestra opinión, es el mayor acierto de la propuesta escrita por Javier Durán a partir de sus conversaciones personales con uno de los supervivientes de aquella terrible matanza, Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, cual es la pertinencia de recordar aquellos hechos en un momento social como éste.

Atocha: el revés de la luzSoy aquel superviviente agobiado” (Rafael Alberti)

Durán intenta ubicar aquellos hechos dentro de un enmarque temporal mucho más amplio, retrotrayéndose hasta 1966, en lo anterior, y escenificando homenajes dispensados a las víctimas diez años después de su muerte, en 1987, y es ahí donde la carga dramática puede resentirse, pero es que el reto que se aborda es mayúsculo.

Un grupo de cinco actores, Frantxa Arraiza, Fátima Baeza (Miss Mara. Quien se reserva no es artista), Alfredo Noval/Miguel Pancorbo, Luis Heras y Nacho Laseca interpretan todos los personajes que aparecen en la trama, con gran versatilidad y agilidad, destacando las recreaciones que Arraiza hace de Cristina Almeida y Baeza de Manuela Carmena, ambas espléndidas. Nacho Laseca encarna a Alejandro Ruiz-Huerta, quien hace de narrador de la trama, y responsable de los diferentes saltos temporales, atrás y adelante, que se abordan para la mejor comprensión de los hechos, a los cuales hay una aproximación descriptiva, así se recuerda, luego así fue y así se representa, lo cual no impide, sino todo lo contrario, que las emociones latan debajo del relato, hasta inundar la platea y alcanzarnos.

“Si el eco de su voz se precipita, pereceremos…”

La escenografía, diseñada por Eva Ramón, compuesta, tan solo, de cajones rectangulares que, dependiendo de su posición, representan una función u otra, es de una sencillez máxima, pero que cumple con sus fines. El vestuario diseñado por Elda Noriega está en esa misma linea de sencillez, si bien su creadora es capaz de, con muy pocos elementos, dar perfiles distintos a cada uno de los personajes, siendo eficaz en ello.Atocha: el revés de la luz

En la función a la que asistimos de este espectáculo, tuvimos la gran oportunidad de poder disfrutar de un coloquio posterior en el que, además de todo el elenco, participó Luis Pérez Lara, responsable del dispositivo de seguridad del entierro de las víctimas del 24 de enero de 1977 y miembro del PCE y ello supuso un gran apéndice a la función en sí, además de una lección de historia.

“¿Qué fue de nuestros sueños?, ¿qué fue de hacer autocrítica?”

Atocha: el revés de la luzUn montaje necesario, quizás demasiado ambicioso en su objetivo de verbatim o teatro documental, al abarcar un amplio periodo de tiempo, antes y después de los hechos principales, pero que cumple con una de las funciones esenciales del teatro de siempre, desde el clásico al contemporáneo, hablar de la vida y de nuestros grandes dramas y tragedias, y los hechos sucedidos aquel 24 de enero de 1977 están íntimamente relacionados con lo sucedido en España a partir de entonces. 

Más allá de la sangre derramada, de las víctimas y de las familias rotas a consecuencia de aquello, quedan otras sugerentes secuelas e hipótesis truncadas, como la de aquellos casos que quedaron “castrados” para siempre, al desparecer los letrados a quienes se les encargó sus pleitos, como por ejemplo una reclamación de los humildes herederos de un industrial castellano, cuyo patrimonio familiar pasó, por arte de birlibirloque a escriturarse a favor del Arzobispado de Toledo, mientras todas sus primas y primos tomaron votos eclesiásticos… aunque eso ya es harina de otro costal y quien sabe si dentro de algún tiempo podemos ver su trama representada en el teatro, por si hay interés, a disposición del dramaturgo quedamos.

 

 

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