Un silencio culpable

17 Sep 2015

Traigo a mi blog el artículo de Juan M. Blanco (@BlancoJuanM), titulado “Un silencio culpable”, publicado en @voz_populi, en el que pone el foco sobre los “silencios” que han permitido llegar a situaciones como la actual.

Incluyo link de acceso directo: http://vozpopuli.com/blogs/6351-juan-m-blanco-un-silencio-culpable

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La agónica situación política actual, con las autoridades en Cataluña en abierta rebeldía, no es más que el resultado final de un sistema institucional diseñado con una letal combinación de necedad, descuido y malicia. Un pasteleo indecente entre oligarquías corrompidas, donde la ley y los derechos se respetarían sólo en apariencia. El Régimen sembró desde el principio la semilla de la descomposición. Pero también es consecuencia de la pasividad, la pereza mental de una población acostumbrada durante décadas a comulgar con ruedas de molino. Unos ciudadanos presa fácil de una política de adoctrinamiento que inoculaba preocupaciones estúpidas, desviaba la atención de los verdaderos problemas, generaba una conciencia basada en dogmas, en absurdas consignas.

Silencio_culpablePreocupados por lo más apremiante, abrumados por las vicisitudes del día a día, los seres humanos raramente disponemos de tiempo, visión, entereza o presencia de ánimo para contemplar nuestra trayectoria vital, el derrotero de nuestra existencia. Mucho menos para reflexionar sobre las grandes transformaciones la sociedad, el horizonte hacia el que conduce el devenir colectivo. Tendemos a aceptar acríticamente los puntos de vista de la incesante propaganda, el machacón adoctrinamiento ejercido desde el poder. A aceptar aquello que, pensamos, sostiene la mayoría. Mera comodidad salpicada de cobardía. Rebatir las ideas dominantes, formarse una opinión libre e independiente, es una actividad que requiere demasiado tiempo, esfuerzo. Y valentía si hay que contradecir, desafiar la creencia preponderante, especialmente cuando es agresiva, como el nacionalismo en Cataluña.

Desde hace décadas, la prensa se encargó de difundir una visión tergiversada, cuando no abiertas mentiras, sobre el Sistema Político, generando una colección de mitos y dogmas que mucha gente aceptó a pies juntillas. Terribles tabúes protegían de la crítica a la Constitución del 78, a un disparatado Sistema Autonómico, a la medida de oligarcas y caciques, que conducía a la desintegración, o a la más que dudosa figura de Juan Carlos, ocultando la podredumbre que se ocultaba detrás. La Transición era un ejemplo para el mundo; quien osara criticarla sería relegado al ostracismo, tachado de antidemócrata o de cosas peores. Anclados al arrecife de la corrección política, muy pocos informadores e intelectuales se atrevieron a mostrar públicamente la realidad, la profunda degradación que corroía todo el sistema. Abjurando de su responsabilidad pública, fueron cómplices, por acción u omisión, de cuanto ha sucedido.

La espiral de silencio

La crisis económica, política y social rompió tabúes, derribó mitos, convirtió objeto de mofa buena parte de los dogmas. Los ciudadanos muestran ahora creciente escepticismo, notable desconfianza hacia un sistema político que, lejos de defender los intereses generales, constituye una tramposa maquinaria para repartir favores, ventajas, prebendas. Manifiestan recelo hacia un Régimen gobernado por sujetos de ínfimo nivel, auténticos zascandiles, pícaros y botarates que pretenden modelar la realidad a golpe de BOE. Un marco en el que los nacionalistas, que obtuvieron en el cambalache manga ancha para actuar en sus territorios, encontraron el caldo de cultivo perfecto para dar una vuelta de tuerca adicional a la estrategia manipuladora, para exacerbar el control sobre la sociedad civil aplastando derechos y libertades. El dogma nacionalista es una de las pocas mentiras que todavía se mantiene en pie.

En La Espiral del Silencio, Elisabeth Noelle-Neumann analizó los mecanismos que conducen al establecimiento y caída de las creencias dominantes. Según la politóloga alemana, el individuo medio es cobarde e inseguro, temeroso al aislamiento. Por ello busca la aceptación del grupo, el sentido de pertenencia. Renuncia a su propio juicio, o evita manifestarlo en público si no coincide con el de la mayoría y termina abrazando las posturas más extendidas. Así, las creencias percibidas como mayoritarias acaban siéndolo realmente. Pero no eternamente. Cuando un grupo de individuos desafía la ortodoxia con convicción, con argumentos coherentes, razonables, resistiendo la amenaza de ostracismo, las nuevas ideas pueden ganar paulatinamente aceptación siempre que convenzan a la gente de que serán mayoritarias en el futuro.

Ante la caída de falsos mitos creados por el Régimen, es urgente impedir que surjan otros similares para sustituirlos. Avanzar hacia una auténtica democracia requiere abrir ventanas, ventilar habitaciones, dar paso a la crítica, al debate sin prejuicios, al pensamiento libre. Es imprescindible que un número significativo de informadores e intelectuales desafíen las falsas creencias dominantes, pongan en cuestión los dogmas establecidos. Necesitamos medios de comunicación fiables, que proporcionen información fidedigna pero también análisis profundo, debate, nuevas ideas, renovadas interpretaciones. Una prensa que, de una vez por todas, rebase lo superficial, lo anecdótico, el omnipresente cotilleo. Y unos intelectuales que primen el razonamiento frente al dogma, la verdad frente al prejuicio, la discusión frente al fanatismo. Pensadores dispuestos a abandonar el confortable entorno de lo políticamente correcto, la comodidad de las prebendas, la acostumbrada adulación al que juzgan poderoso.

Recuperar la responsabilidad individual

Es hora de recuperar el concepto de responsabilidad individual, eclipsada por ese paternalismo que fomentó una ciudadanía dependiente, protestona pero muy poco crítica. Una masa manejable, infantilizada, mendicante de ayudas y subvenciones, inclinada a despotricar pero no a buscar remedios, deslumbrada por el espejismo de nuevos “derechos” sin los correspondientes deberes. U obnubilada por ciertos caciques locales que encandilan al público prometiendo el tránsito inmediato a una tierra prometida con abundantes ríos de leche y miel.

Es momento de rescatar la noción de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, un concepto alumbrado en la Ilustración pero repetidamente vulnerado en los últimos tiempos por quienes reclaman derechos especiales para cada colectivo, ocultando que se trata de nuevos privilegios. De denunciar esas ideologías que justifican la nefasta dinámica de grupos en constante pugna por ensanchar su trozo de tarta, por conseguir ventajas a costa del resto. O que, como el nacionalismo, fomentan el odio, el resentimiento hacia el otro.

Queda mucho camino por andar, mucha mentira por refutar. La democracia necesita una ciudadanía conocedora de sus derechos y obligaciones, dispuesta a dedicar tiempo y esfuerzo a controlar a sus gobernantes. Pero también periodistas e intelectuales, profesionales de la información y las ideas, conscientes de la enorme responsabilidad que la sociedad delega en ellos, sabedores de que el silencio o la mentira, fuere por temor, comodidad o interés, constituye una traición, un abuso hacia los ciudadanos que, de un modo u otro, confían en ellos.

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