Rencor

22 Mar 2015

Todo se había cumplido según lo había previsto, la sensación de haber culminado cada uno de los puntos del plan que había ido diseñando en su mente, durante mucho tiempo, le debería proporcionar un satisfactorio efecto placebo. Todos los hitos de su hoja de ruta estaban “clickeados” en ella: su viaje, el de ella… él no estaba aquí, había varios “sms”, “whatsapps” y conexiones a internet que le ubicaban a 2.500 kilómetros más allá del paisaje de la ciudad dormitorio donde ahora se encontraba, mientras se quitaba esos guantes de goma, doblando minuciosamente las ropas compradas hace más de dos años en un destartalado almacén “made in China”, repasaba una y otra vez los detalles de su plan…¡no había errores!, incluso el día había acompañado, nadie por la calle debido a la lluvia, lo cual le favorecía el uso de botas de agua por su parte, algunos números más grandes de las que él necesitaba en realidad. Únicamente el humo que había en el ambiente le distraía de sus pensamientos, el olor le resultaba más fuerte de lo que él esperaba, pero antes de volver a recorrer, en sentido contrario, el camino por el que había venido, subiéndose de nuevo en la bicicleta, hizo un pequeño atadillo con las ropas de las que se había deshecho, rociándolas con unas gotas de alcohol, y las prendió con una cerilla a la que se quedó mirando unos segundos. Esperó que los restos de esas prendas fueran poco menos que un ligero polvo, los recogió en una pequeña caja de plástico, de las que se usan para cocinar, la cual apretó sobre su pecho, por debajo de su camisa, y se alejó, despacio, sin prisas, tal y como había pensado tantas veces.

Hacía más de una hora que había vuelto al pequeño hotel de carretera, ya tenía alquilado el utilitario que le llevará al pequeño pueblo de la costa donde continuaba su plan, todo se había desarrollado perfecto. La causante de su tremendo dolor había encontrado aquello que él deseó para ella desde hace casi dos lustros y, sin embargo, ¿por qué él no terminaba de sentirse feliz, satisfecho…?, la justicia divina había operado al fin, pero su mueca de tristeza, no le desaparecía, y no terminaba de entender la razón de ello; ella estuvo en el momento del inicio del fin de su felicidad, de dejar sentirse vencedor, imbatible… nadie hasta entonces le había generado un dolor superior. Era justo que hubiera sucedido lo que sus deseos habían imaginado, hasta que en su mente se fueron concretando, a lo largo del tiempo, los detalles del cómo; pero en lugar de alegría por haber cumplido con lo ideado, se sentía frio y solo, la razón de su vida se había constituido en culminar su plan, y cuando ello fue logrado no se encontraba victorioso. De repente una reflexión invadió su conversación interior: quizás lo que pasaba se debía a su insatisfacción por no haberle despejado a ella, su verdadera identidad, aquella que le generó tanto dolor, no había llegado a sobresaltarse al reconocerle, eso no había pasado.

Hacía un rato que se había acostado, pero no lograba conciliar el sueño, daba una y mil vueltas a la cama, el tiempo parecía haberse detenido, por más que se tapaba con las mantas sentía un frío helador que parecía generarse en él mismo. La razón de quien él pensaba la raíz de sus males ya no era tal, pero entonces, más de seis horas después, entendió que el problema no se sustentaba en ello, sino en el rencor que él había sentido hacia ella, rencor que había ocupado cada uno de esos casi diez años, patrimonializando su propia vida, impidiéndole vivir cada uno de esos más de 3.500 días, y lo que es más grave sin que aquel ser humano fuera consciente del sufrimiento, y dolor, que le había generado, pero ¿se lo generó ella o se le generó él a si mismo?.

Tomó conciencia de lo ocurrido, ya no había vuelta atrás, la vida es así: es como un árbol cuyas ramas van creciendo, pero la savia de los nuevos brotes no puede hacer el camino de regreso hacia el tronco. Ahora sí, se sintió liberado, pero no satisfecho; durante diez años sufrió rencor, pero ahora, por el resto de su vida, se sentirá culpable, entre otras cosas de haberse condenado “in eternum”.

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