Noche de juegos, crítica teatral

27 Oct 2019

Un bar de copas, la música suena, un hombre mira a una mujer, ésta le responde con su mirada. Ella se presenta: Soy Beatriz y me dedico a la biología; él le responde, yo Benedicto y escribo críticas cinematográficas. Comienza una conversación, primero insustancial y luego prometedora.

Antes de eso, hemos asistido a la ceremonia de vestirse de ambos protagonistas, ocultos tras unos visillos, cada uno de ellos desde su terreno, desde su propio, e íntimo, rincón, vemos sus perfiles, sugiriéndonos y evocando, solo es el principio. Se trata de la particular «claqueta» de esta “Noche de Juegos”.

“No creo que la sensibilidad sea una de las cualidades del crítico”

A continuación contemplamos a ambos personajes entregados a la pasión, entre ellos y nosotros se sitúa un velo blanco que otorga a las imágenes de una fuerza evocadora, se abrazan, se besan, a horcajadas el uno del otro, mientras las sombras, a su alrededor, acrecientan la sensualidad de la escena.

Al separarse sus cuerpos y rodar, ambos, boca arriba en la cama, se ilumina la habitación. Se confiesan el uno al otro como hambrientos, pero el hotel donde se encuentran no tiene, a esas horas, servicio de restauración. Una caja de caramelos, que ella encuentra en su bolso, se convierte en el único botín que llevarse a la boca. Surgen preguntas, y con ellas, se abalanzan en un juego en el que las respuestas se premiarán, o castigarán, a través de esos caramelos; deslizándose Beatriz y Benedicto por un tobogán en el que lo desconocido se revelará cotidiano, las preguntas construidas desde el conocimiento de las respuestas y la fantasía como realidad, hasta que Sofia y Dani dejan atrás, una vez más, a Beatriz y Benedicto.

“¿Tú siempre dices la verdad?”

Paula Guida, además de protagonista en la obra, es la autora de este texto teatral que se aproxima a la complejidad de las relaciones de pareja, pasando por la sedución, la atración y la pasión, pero también recorriendo los sentimientos y las emociones que cada integrante sufre y espera, sobre unas expectativas que siempre son distintas, pues se trata de dos personas, hasta aterrizar en el día a día, en la rutina, en la construcción de un espacio de dos, en lugar dos de uno a compartir, todo ello trufado por la propia complejidad del ser humano y los problemas de comunicación que, con certeza, acabarán por llegar. Construyendo un viaje en el que la expectación ante lo desconocido, finaliza en la cotidianidad de dos personas que luchan por superar sus diferencias.

La propia complejidad de la evolución del relato construido por Guida, acusa un cierto desaceleramiento en su ritmo narrativo coincidiendo con la fase del juego de preguntas y respuestas, que, no obstante, es bien resuelto a través del recurso de utilizar frases celebres de películas que se incluyen en el texto, aprovechando la afición real del personaje de Benedicto/Dani.

“Locura es hacer lo mismo una vez y otra, y esperar resultados diferentes”

Mención destacada merece el cuidado tratamiento de este montaje, bien dirigido por Javier Albalá, tanto en su escenografía, responsabilidad de David Pizarro, como en la iluminación por parte del maestro que es Juanjo Llorens, quien sabe crear un ambiente cargado de belleza, jugando con las sombras y las luces, matizadas, éstas y aquellas, por el eficaz medio de un sencillo visillo.

Pero sin duda el buen resultado artístico de esta propuesta teatral descansa en la química que demuestran los dos protagonistas, Paula Guida y Esteban Ciudad, recreando a sus personajes, especialmente al saber ir ajustando cada momento de su interpretación con la evolución de la trama creada por Guida.

“Yo no puedo ser quien tú quieres que sea el resto de los días de mi vida”

Este espectáculo llegó a la cartelera teatral madrileña la temporada pasada, haciéndose un hueco en Sala Nueve Norte que mantuvo de principio a fin de ella, los viernes a las 22h15’, y en ésta 2019/2020 continúa en esa misma programación, consiguiendo la complicidad del público y una gran respuesta de él, a base de una buena historia, contada con la necesaria dosis de humor e ironía, más allá de sus momentos de drama, porque tal como sucede en la vida real, lo que ocurre, lo que nos sucede, siempre es una tragicomedia.

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