‘Gobernantes’ en la ‘torrentera’

23 May 2015

Traigo hasta mi blog el artículo de Pedro J. Ramirez (@pedroj_ramirez) que publica dentro del “Arponero Ingenuo” esta semana, en “El Español” (@elespanolcom) titulado ‘Gobernantes’ en la ‘torrentera’, en el cual compara la importancia histórica de las elecciones municipales de mañana, 24 de mayo de 2015, con las elecciones municipales del 12 de abril de 1931; un post muy recomendable en el que destaca la reflexión que realiza sobre el sentido del voto: “…tras haber sido cortejado durante dos semanas por quienes lo ningunearon durante cuatro años, cada votante en cada municipio se convierte ante las urnas en una especie de señor de horca y cuchillo por un día. Es la hora del ajuste de cuentas”.

Incluyo link de acceso directo: http://www.elespanol.com/arponero/gobernantes-en-la-torrentera/

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Paco el del Molino volvió de su viaje de novios durante la semana que precedió al 12 de abril de 1931. Casi como por ensalmo se encontró con que los concejales escogidos por los vecinos en las elecciones de ese domingo “echaban roncas contra el sistema de arrendamiento de pastos”. Entre ellos estaba su padre. “Al saber esto Paco el del Molino, se sintió feliz y creyó por vez primera que la política valía para algo”.

Así lo explica Ramón J. Sender en su conmovedor Réquiem por un campesino español. Enseguida describe el impacto que aquellos comicios tuvieron en el pueblo: “Los nuevos concejales eran jóvenes y, con excepción de algunos, gente baja… El resultado de la elección dejó a todos un poco extrañados. El  cura estaba perplejo. Ni uno sólo de los concejales se podía decir que fuera hombre de costumbres religiosas”. Aún estaban asimilando el resultado, cuando “se supo de pronto que el Rey había huido de España”.

Nada equivalente hay este domingo en juego porque, a diferencia de lo que ocurría entonces con la dictadura de Primo de Rivera, el franquismo queda ya muy lejos y el actual monarca sólo desempeña funciones representativas. A nadie parece molestarle que quien entregue la copa de la Euroliga a Felipe Reyes sea el Rey Felipe, sobre todo si el protocolo no deja demasiado claro quién de los dos es el pívot y quien el Jefe del Estado. Pero hecha esta salvedad no sería una exageración alegar que estamos ante las elecciones municipales -y autonómicas- de mayor trascendencia política desde aquellas míticas del 31.

Hasta la propia María Dolores de las Mentiras que una vez más ha hecho honor a su renombre omitiendo en su declaración de bienes 12.000 metros cuadrados de cigarral recreativo, acaba de reconocer que estos comicios “van a condicionar los próximos veinte años de la vida española”. Podríamos incluso percibir una serie histórica con intervalos parecidos desde el advenimiento de la democracia. Pero así como las elecciones del 79 estuvieron rodeadas de la épica de la recuperación de la libertad municipal y dieron en las grandes ciudades las primeras victorias a la izquierda desde los tiempos de la República; y así como las elecciones del 95 marcaron el gran bandazo hacia la derecha que al año siguiente llevó a Aznar a la Moncloa, unas y otras no fueron sino expresiones del bipartidismo esbozado ya en el 77. Casi cabría decir que sirvieron para extender y consolidar por todo el territorio la alternancia de lo que hoy denominamos la casta.

La gran singularidad del envite de este 24-M consiste en que lo que se plantea no es un nuevo episodio rotatorio entre los dos polos de un mismo “enquistamiento” -así definía el doctor Marañón el turnismo de la Restauración-  sino un cambio radical en el modelo de representación política de los españoles. Podemos tiene una intención de voto muy superior a la de los mejores tiempos del PCE o Izquierda Unida y Ciudadanos ha irrumpido con muchos más apoyos de los que tuvieron nunca el CDS o UPyD. El catch a cuatro,  apenas intuido tras unas elecciones europeas que dieron visibilidad a los recién llegados, será dentro de unas horas una realidad política cuando las formaciones morada y naranja logren significativas cuotas de poder local y regional.

La torrenteraIlustración: Javier Muñoz

A nada que se cumplan las predicciones, viviremos la noche de los cuatro vencedores. Rajoy presentará ufano al PP como el partido más votado en ambas contiendas, Pedro Sánchez celebrará el importante recorte de los casi diez puntos y más de dos millones de votos que en las municipales del 2011 postergaron al PSOE respecto a su tradicional oponente y tanto Iglesias como Rivera se cuidarán muy mucho de recaer en el síndrome de Muskie -el candidato que se retiró llorando cuando en las primarias de New Hampshire obtuvo un triunfo menos arrollador del pronosticado- y celebrarán con brío sus logros, por mucho que se desvíen de las mejores encuestas.

Será el lunes por la mañana, una vez que se empiece a barrer el confetti, cuando el peso de la aritmética mostrará un escenario político muy diferente al actual pues, al margen de que cambie el color de más o menos gobiernos, las que se habrán esfumado serán las mayorías absolutas en las que hasta los peores mindundis y las más lelas han cimentado su prepotencia.  Ya anticipo que del río revuelto de la fragmentación del poder, lo normal es que la ganancia de pescadores corresponda a los ciudadanos. Cuanto menos sobrados y más azacaneados vayan quienes rijan ciudades, comunidades y provincias, menor será el riesgo de que abusen de nosotros.

Durante estas dos semanas de campaña el miedo a perder -rictus de pánico a veces- ha colgado permanentemente de la faz de los dos grandes y eso ya supone de por sí una satisfacción compensatoria de la ristra de pavadas y memeces que se desgranan en los mítines. El momento culminante aconteció en Santander el sábado pasado cuando Rajoy enfatizó, con campanudo retintín, que toca elegir “gobernantes y no tertulianos, ni comentaristas de televisión” porque “gobernar es muy difícil y muy serio y no se puede frivolizar”. Al día siguiente Pedro Sánchez complementó la argumentación en Zaragoza alegando que “el PSOE no es fruto de una torrentera” y que su “hoja de servicios” y su “sabiduría histórica” le legitiman para reemplazar al PP.

O sea que si estuviera en sus manos expenderían al alimón un carné de político, reservado exclusivamente para quienes acrediten varios trienios de militancia en una u otra empresa de empleo permanente. Si por ellos fuera, sería el único título habilitante para el ejercicio rotatorio de la profesión gubernamental u opositora y un escudo de defensa frente al intrusismo de los seguidores del Naranjito y el Coletas. Rajoy considera que sólo gobernando -o mejor dicho estando ahí- desde la más tierna infancia se puede gobernar -o mejor dicho seguir estando ahí- en la achacosa senectud. Y Sánchez viene a decirnos que haber protagonizado disparates y desmanes varios en distintas etapas del pasado es el mejor aval para tener la oportunidad de reproducirlos en el futuro.

A mí en cambio me parece que lo más atractivo de Podemos y Ciudadanos es precisamente lo de las tertulias televisivas y sobre todo lo de la “torrentera”. Es decir, su turbulento adanismo. Que hayan nacido como quien dice ayer, en plena plaza pública, en medio de la frustración y la cólera que la incompetencia y la corrupción de los instalados ha producido en la parroquia. Son hijos de una “pareja tan española -Ortega dixit– como el enojo y la esperanza”, e instrumentos por lo tanto, por mucha que sea a veces la distancia ideológica, de cuantos en esta encrucijada anhelamos un cambio radical en las reglas del juego de la vida pública.

La imagen de la campaña es la niña enfurruñada de Soraya que ha brotado de la estampa blandengue de la niña de Rajoy como una distorsión de pesadilla de aquella etiqueta clónica del Anís del Mono. Si los profesionales son Soraya o Margallo, Chaves o Griñán, que vengan pronto los amateurs a sustituir intereses creados por amor al arte. “No sabiendo los oficios los haremos con respeto”, escribió León Felipe. “Para enterrar a los muertos como debemos, cualquiera sirve, cualquiera menos un sepulturero”.

Si los protectores de la corrupción no son capaces de hacerse personalmente el harakiri, ni siquiera cuando les pillan con la pistola humeante en la pantalla del teléfono, menos aún pondrán bajo tierra el sistema que les nutre. Y esa es la clave de lo que nos pasa: el problema no es que hayan surgido tres, treinta o trescientas manzanas agusanadas sino que la podredumbre sea la condición natural del huerto y contamine hasta la carretilla y el cesto.

Cuando después de todo lo ocurrido la única “injusticia e ingratitud” que Aznar reprocha al PP de Rajoy es la cometida con Ana Botella y cuando Felipe González emerge una vez más de la bruma del pantano para marcar territorio a sus últimos polluelos, hay que abandonar toda esperanza de que los cambios radicales que necesita España vayan a surgir de ese duopolio. A la hora de la verdad en el PP y en el PSOE se cierra filas con quien manda, “como con la madre, con razón o sin ella”. Y la manipulación impregna los últimos espasmos preelectorales para identificar a Podemos con ETA o dar por hecho que Ciudadanos pactará con la izquierda, aunque lo que más debe preocuparnos a todos es que la declaración de la renta de Aguirre haya salido de la Agencia Tributaria de Montoro.  Al margen, claro está, de la obligación de publicar de los periódicos.

Es una lástima que la campaña concluya sin que ninguna de las dos fuerzas innovadoras haya puesto el foco en el paradigma López Aguilar: ¿cómo es posible que el padre de una ley por la que miles de ciudadanos son encarcelados por si acaso, haya podido escudarse en su aforamiento en un asunto estrictamente privado? También es una pena que nadie haya cuestionado el dispendio que supone celebrar elecciones andaluzas en marzo y catalanas en septiembre cuando tenemos unas autonómicas en mayo; o por qué la asamblea de una comunidad uniprovincial cuya población se concentra en el municipio de Madrid tiene nada menos que 129 diputados enganchados a la sopa boba.

Bravo, en cambio, por la actitud de Ciudadanos al requerir al PP que se democratice como condición para pactar. La centelleante Inés Arrimadas lo explicó de forma convincente la otra mañana en esRadio: “No pedimos ni sillas ni concejalías sino unas mínimas bases de lucha contra la corrupción”. Y no cabe duda de que las primarias son un gran filtro para apartar del cursus honorum a personajes bajo sospecha. Si alguien quiere ser tu socio, si alguien pretende exhibirse contigo en público, es normal pedirle que guarde ciertas normas de urbanidad política.

Pero no adelantemos acontecimientos. Tras haber sido cortejado durante dos semanas por quienes lo ningunearon durante cuatro años, cada votante en cada municipio se convierte ante las urnas en una especie de señor de horca y cuchillo por un día. Es la hora del ajuste de cuentas. Lo singular de estas elecciones es que la aparición de nuevos actores ha arrojado al turbión de la incertidumbre a muchos personajes acostumbrados a navegar bajo el velamen de la comodidad y ahí tenemos a Esperanza, Rita, Fabra, Bauzá o la propia Cospedal chapoteando entorno a Rajoy con el agua al cuello, mientras Susana y Pedro Sánchez se aferran al mismo flotador pero se dan patadas subacuáticas a la espera de las carambolas del resultado.

Parecen personajes de un cuadro del Bosco o condenados al infierno de Dante tendiendo ansiosamente la mano a los únicos que pueden poner fin a su tormento: los votantes. En las próximas horas cada uno de nosotros decidirá a quién desea indultar, a quién quiere someter a la penitencia de tener que negociar su supervivencia y a quién pretende enviar para siempre al fondo del averno. No se trata de echar a ningún Rey pero sí de poner al menos contra las cuerdas a todo un Régimen. Una jornada en suma para sentirse dueños del destino colectivo y creer, como Paco el del Molino, “que la política sirve para algo”.

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