El Testamento de María

23 Nov 2014

María, mujer mediterránea, pegada a su tierra, a sus costumbres y a sus tradiciones, mujer dura, de expresión casi metalúrgica, alejada de rasgos angelicales, se hace presente delante nuestro, desde su exilio en Éfeso, para hacernos participes de su verdad, de su dolorosa verdad, abriendo su corazón y sus entrañas para mostrarnos su incomprensión respecto a su hijo, bienamado, que abandonó su regazo para convertirse en un extraño, sin que ella pudiera retenerle en el refugio de sus brazos y sus cuidados, empujado por una corte de seguidores en un misión inhumana que ella es incapaz de entender. Esta María, madre sobre todas las cosas, dotada de la sabiduría de las cosas sencillas, del sentido común y del pragmatismo de todas quienes, como ella, engendraron vida, no puede entender el fanatismo estúpido que lleva hasta el dolor, porque, para ella, no hay redención que pueda venir desde el sufrimiento.

Esta María no es la figura regia de llanto contenido y dolor algo distante que ha llegado hasta nuestros días, a través de la tradición y los textos, es una madre angustiada por el sufrimiento de su hijo, es una mujer a la que se arrancan sus entrañas, a la que se vacía de por vida, para la que su vida queda paralizada viendo a su hijo sufrir, y morir, en la cruz; para ella ya no habrá futuro, su vida quedó paralizada en ese momento, que revivirá mientras viva.

El excelente texto de Colm Tóibín, es acertadamente presentado en el Teatro Valle Inclán de Madrid, del Centro Dramático Nacional, bajo la magnífica dirección, y adaptación, de Agustí Villaronga, rodeado de un brillante equipo técnico del que forman parte el escenógrafo Frederic Amat, la músico Lisa Gerrard, el iluminador Josep Maria Civit y la diseñadora de vestuario Mercè Paloma, quienes con su trabajo logran convertir el decorado, la música y la iluminación en los complementos necesarios para favorecer el trabajo de la protagonista de este monólogo. El movimiento de escena es muy acertado, con sorpresas continuas en la utilización de elementos del decorado y del vestuario, que van enmarcando cada momento de forma acertada.

Blanca Portillo está, sencillamente, fantástica; la intensidad que traslada en cada momento de la obra conmueve, es talento puro y utiliza todos los elementos a su alcance: una excelente dicción, una mirada expresiva, unas manos que parecen alcanzarnos con su tacto para que sintamos tal y como ella siente, una voz llena de matices que consigue que el relato de los hechos que nos hace llegue a nosotros con tal realidad que los personajes a los que se refiere comparten con ella la escena, tal es su realismo. Excepcional es el momento en que Blanca Portillo se acerca hasta la primera fila del público, se ilumina la sala y se consigue la simbiosis total entre, no ya la actriz, sino su propio personaje y su público, que asiste sobrecogido a unos momentos de gran teatro, convencidos de que asisten a un milagro …¡el milagro del teatro de verdad!, pero que contienen su emoción hasta el momento del final de la obra en el que estallan en una ovación colosal en la que yo no tardo en proferir el primer ¡Bravo!, la luces se encienden, Blanca Portillo acude a la ovación en repetidas ocasiones, su expresión ya está liberada de su personaje y saluda a alguien tras de mí: es Pedro Almodovar, tan entregado a la ovación como el resto del público, pero hoy la protagonista es ésta magnífica actriz, sencillamente colosal.

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