El proceso y su credibilidad

19 Jun 2016

Traigo a mi blog el artículo de José Antonio Zarzalejos (@jazarzalejos), titulado “El proceso y su credibilidad” dónde desarrolla su opinión sobre la actual situación de “el procés” tras las tensiones escenificadas dentro de la CUP, y las disensiones, más o menos sonoras y visibles, dentro de JxSi, entre CDC y ERC; que coinciden con la publicación del barómetro del CIS, en el que solo el 0,60% de los españoles manifiesta preocupación ante la posible independencia catalana, todo ello enmarcado ante las próximas elecciones generales del 26-J, donde, según los sondeos, la primera fuerza política en apoyos en Cataluña podría ser “En Comú Podem”, quien defiende la permanencia de Cataluña en España, aún con referéndum de por medio.

Incluyo link de acceso directo: http://www.caffereggio.net/2016/06/19/el-proceso-y-su-credibilidad-de-jose-antonio-zarzalejos-en-la-vanguardia/

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Si nos atenemos a la afirmación del camaleónico Pablo Iglesias en el debate del pasado lunes, el referéndum catalán que Unidos Podemos propugna no sería ya una “línea roja” en las negociaciones para formar Gobierno. Los morados –el núcleo duro de los jacobinos de la Complutense– no están nada cómodos en Catalunya. Aquí cambian su lenguaje y hasta su lema. En el resto de España consiste en “La sonrisa de un país”. En Catalunya es distinto: “La sonrisa de los pueblos”. Esa alusión a los pueblos está relacionada con la plurinacionalidad fraterna que reclaman para la definición de la patria (sic) populista en la que dicen creer siguiendo las pautas teóricas de Laclau y Mouffe, entre otras. Y que nada tiene que ver con la concepción que incorpora el proceso secesionista catalán. Antes o después, pero no demasiado tarde, Colau y Domènech, los dirigentes de la confluencia catalana de Podemos, harán de su capa un sayo, tanto respecto del partido de Iglesias como del independentismo catalán fracasadamente articulado ahora sobre un JxSí que ya no cuenta con la CUP en fase de ruptura interna.

Puigdemont_JunquerasY es que el proceso soberanista padece de un serio problema de credibilidad más allá del Ebro y, seguramente, también en la propia Catalunya. La escasa preocupación de los españoles por la independencia catalana que manifiesta el último barómetro del CIS (el 0,6%), tiene que ver, desde luego, con desinformación, algunas dosis de desdén y falta de responsabilidad colectiva. Pero es consecuencia también de la percepción de que “la desconexión” se desarrolla entre constantes contradicciones e incoherencias que han culminado, de momento, con la ruptura del pacto de estabilidad entre JxSí y la CUP que en enero le costó su carrera política a Artur Mas. No ofrece solvencia tampoco la coalición entre CDC y ERC porque es una suma heterogénea con dos concepciones estratégicas bien diferentes. Y la confusión conduce a la perplejidad cuando pasamos de la posibilidad de una declaración unilateral de independencia (DUI), al parecer descartada, a un deseado referéndum unilateral de independencia (RUI) apadrinado por el presidente de la ANC que sería necesario “para salvar el procés” deteriorado por la siniestralidad que registra en su desarrollo.

Carles Castro escribía en estas páginas el pasado día 13 que “la mitad de los españoles quiere una respuesta política al independentismo”, advirtiendo no obstante que el 51,3% que avalaría negociaciones de ese carácter es una “mayoría más frágil de lo que aparenta y sus posiciones concretas quedan muy lejos de satisfacer las aspiraciones del soberanismo catalán”. Castro tiene toda la razón en su análisis. La alternativa que suscita más apoyo en el conjunto de España es la de negociar simplemente un nuevo sistema de financiación autonómico para todas las comunidades porque se supone que la cuestión catalana se reduce a un asunto mercantil y, carece, por lo tanto, del riesgo de escisión territorial de la que advierten los líderes políticos y sociales del proceso independentista. Por otra parte, la recesión electoral de CDC –que puede pronunciarse más el 26-J– y la fortaleza de la izquierda de Colau localizan la preocupación sobre Catalunya a bastante distancia del proceso soberanista.

Habría que distinguir el fenómeno social y político del independentismo –que existe, es muy amplio y transversal– de su articulación política, o sea, del denominado proceso. El primer fenómeno es una realidad, el segundo es una maquinaria institucional-parlamentaria errática y disfuncional. Es muy cierto que el proceso se presenta agónico y que se muestra resistente a un fallo letal. Pero su supervivencia precaria no se debe a la capacidad política de los líderes soberanistas, sino al arraigo aspiracional separatista de un porcentaje muy alto de catalanes que apuntalan la ruina política de esa construcción tan efímera en que consiste la “hoja de ruta”, que Jordi Sánchez ha dado por hundida reclamando que la activación del proceso pase del Parlament a la calle.

El pasado mes de mayo, el ex primer ministro escocés, Alex Salmond, realizó unas expresivas declaraciones en las que, además de aconsejar a Puigdemont “consensos” y “acuerdos”, dejó claro que la celebración del referéndum de independencia de Escocia en septiembre del 2014 se produjo después de muchos años de negociación, pero sobre todo, por la implacable hegemonía política y representativa del SNP tanto en Londres como en Edimburgo. Lo que Salmond trataba de transmitir fue que la heterogeneidad de proyectos independentistas y la dispersión de energías en organizaciones diferentes de ese carácter no son coherentes con la pretensión última del proceso soberanista catalán. Y de ahí su pérdida de credibilidad como aspiración realista y como riesgo para el Estado.

 

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