El imperio de los miedicas

02 Sep 2015

Traigo a mi blog un interesante artículo de Juan M. Blanco (@BlancoJuanM) publicado en @voz_populi, bajo el título de “El imperio de los miedicas”, en el que advierte, entre otras cosas, del valor de defender una opinión propa, preservando la capacidad crítica.

Incluyo link de acceso directo: http://vozpopuli.com/blogs/6292-juan-m-blanco-el-imperio-de-los-miedicas

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Permítanme manifestar mi firme creencia: a lo único que debemos temer es al propio miedo, ese terror sin nombre, irracional e injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir el retroceso en avance”. Estas palabras de Franklin D. Roosevelt en 1933 resultan proféticas: una ola de temor infundado embarga a Occidente ocho décadas después.bombero

Si escuchamos los medios de comunicación, o los comentarios en la calle, se diría que vivimos en un mundo repleto de riesgos y peligros, un entorno extremadamente inseguro, sin precedentes históricos. Miedo a morir, a enfermar, a ingerir alimentos que no son “naturales”, a la contaminación, a inevitables ondas electromagnéticas, a catastróficos accidentes. Temor a un enjambre de supuestos pederastas que acecharían a los niños en cualquier parque, colegio, en Internet. A los terroristas que amenazan un día sí y otro también nuestra seguridad. A un pavoroso calentamiento global que anegaría ciudades enteras, un renovado Armagedón capaz de arrasar nuestra civilización desde los cimientos. Cualquier rumor, cualquier noticia dispara la alarma.

O pánico a hablar libremente de ciertos asuntos, más aún a escribir sobre ellos, si no es de forma anónima, aprovechando la cobertura de Internet. Una notable autocensura que, lejos de responder a espeluznantes consecuencias, altamente improbables, proviene del singular canguelo ante la perspectiva de repudio a quienes osan marchar a contracorriente, romper el tabú. Hay miedo a lo que pudieran pensar los demás. El informador, el intelectual, el ciudadano medio, todos se han vuelto extremadamente temerosos, cobardes, asustadizos de su sombra.

Sin embargo, nunca fue nuestro entorno más seguro que ahora. Gracias al progreso técnico, los riesgos de enfermedad, muerte o accidente han disminuido considerablemente; casi todos los miedos actuales son inventados, imaginados o exagerados. Infundados en términos de probabilidad y riesgo. A más seguridad más temor, un pánico irracional que paraliza, condiciona la vida de mucha gente. ¿Cómo explicar tamaña paradoja?

Cerebro primitivo e información sesgada

En su libro, Risk: the Science and Polítics of Fear, Dan Gardner considera que tan injustificado miedo es consecuencia de tres factores: la naturaleza del cerebro humano, formado en el paleolítico, la dinámica de la información actual y la manipulación interesada por parte de políticos y otros grupos de presión. Como consecuencia, el sujeto comete colosales errores a la hora de estimar los riesgos. Objetivamente, es infinitamente mayor el riesgo de infarto mortal que el de ataque terrorista. Pero el segundo amedrenta mucho más que el primero.

Según Gardner, la evolución estableció una mente con dos sistemas para procesar la información, dos cerebros distintos, con funcionamiento muy diferente. El cerebro primitivo, patria del instinto, de las emociones, de los gustos, de los impulsos, funciona con gran celeridad de manera inconsciente. Trabaja en términos de bueno o malo, con fuerte carga emocional y obtiene conclusiones con muy pocos casos factuales. Aunque genera notables sesgos, resultaba muy útil para sobrevivir en entornos muy peligrosos. Era mejor asustarse y huir con celeridad ante la visión de un tronco flotando en el río que detenerse a evaluar si se trataba o no de un cocodrilo.

Como contrapunto también disponemos de un cerebro racional, patrimonio del pensamiento consciente y calculador, que actúa con mucha más lentitud, matizando o corrigiendo parcialmente las apreciaciones del cerebro primitivo. Pero pocas veces refuta la primera impresión, raramente contradice completamente la emoción, cuyos marcadores implican un fuerte anclaje. Sin el pensamiento racional, que requiere formación, tiempo y esfuerzo, un sujeto podría pasar la vida asustado de un tronco flotando en el agua.

El hombre paleolítico adquiría conocimiento sobre riesgos de su propia experiencia y de las historias contadas por sus compañeros. La mente evaluaba los peligros con un puñado de casos que reflejaban, con cierta aproximación, los peligros. Hoy día la información proviene básicamente de los medios. Y se encuentra muy sesgada pues las noticias de sucesos son por definición excepciones: caso contrario no serían noticia. Así, la parte primitiva del cerebro tiende a considerar las muertes violentas, los accidentes catastróficos como algo común, bastante probable, aunque sean, por suerte, fenómenos extremadamente raros desde el punto de vista estadístico. Pero la machacona repetición mediática los hace parecer muy frecuentes. Que miles de millones de personas finalicen el día sanas y salvas no es noticia capaz de vender periódicos o atraer televidentes.

Demasiado fácil asustar, manipular, engañar

La actual mente primitiva percibe mucho más peligro en los sucesos causados por la humanidad que en aquellos generados por la propia naturaleza. Suscita enorme pavor la energía nuclear pero mucho menos los volcanes, los rayos, o la caída de meteoritos. Produce horror el calentamiento global si está generado por la actividad humana pero mucho menos si se trata de un fenómeno natural. Una apreciación un tanto irracional pues, llegado el caso, el efecto final sería el mismo. Pero existe una explicación. Nuestro instinto tiende a inflar considerablemente los peligros que contienen carga emocional: en este caso, cuando existe alguien a quien poder culpar. Los interesados difusores de la información conocen muy bien estos mecanismos.

Así, resulta muy fácil asustar, manipular, engañar con un señuelo a la parte primitiva y emocional de nuestro cerebro. Salir del engaño, descubrir la verdad, juzgar con objetividad, requiere asimilar, ordenar, procesar con rigor grandes cantidades de información, un enorme esfuerzo de análisis y racionalización que pocos están dispuestos a acometer. Naturalmente, hay quienes se aprovechan de ello. Ciertos empresarios hacen su agosto. Los políticos compiten por asustar a los votantes, una política del miedo dirigida a justificar su intervención en cualquier aspecto de la vida ciudadana o inflar el presupuesto con partidas innecesarias para el ciudadano. Ciertos grupos de presión consiguen apoyo, ventajas, prebendas. Incluso, encuentran en el extendido temor un caldo de cultivo estupendo para vender modernas religiones laicas, esos nuevos “ismos” siempre dispuestos a salvar a la humanidad a un precio asequible.

Asistimos a un proceso de conformismo creciente, de contagiosa pereza mental, en el que demasiados individuos quedan anclados en la primera impresión, el impulso, el sentimiento, la emoción, sin molestarse en dar el siguiente paso. La sociedad se infantiliza, el lenguaje se simplifica y la fuerte corriente impulsa a los diarios a potenciar el contenido de magazine, dirigido a la parte más primaria del lector, mientras relegan el debate, el pensamiento, el razonamiento.

Es necesario preservar la capacidad crítica, mantenerse escéptico ante informaciones alarmistas, saber que los políticos, los medios, ciertas organizaciones, tienen interés en aventar con profusión la fragua del miedo. Es imprescindible recopilar información fiable, procesarla, formarse una idea cabal de los verdaderos riesgos. Y tener siempre presente que el cobarde muere muchas veces; el valiente sólo una.

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