El cortocircuito

11 Nov 2015

Traigo a mi blog el articulo de Enric Juliana (@EnricJuliana) titulado “El cortocircuito”, donde expone, de forma acertada, lo vivido estos días en la sede del Parlament, con uno que no encuentra a su alrededor nadie de que quienes lo estaban hasta hace poco y otros que no encuentran la referencia que esperaban, ni siquiera la mayoria que suponían. Demasiados cálculos en lo particular, condicionando el interés general del conjunto. Tanto desde Barcelona, como desde Madrid, se debe ser moderado en la tensión.

Incluyo link de acceso directo: http://www.caffereggio.net/2015/11/11/el-cortocircuito-de-enric-juliana-en-la-vanguardia/

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La sesión de investidura ha comenzado mal para Artur Mas. Si su reducido círculo de confianza no le hubiese empujado a efectuar una errónea maniobra táctica con un cable de alta tensión en la mano , su situación, sin ser risueña, hoy sería algo distinta.

En las sociedades europeas con mucha pluralidad política –Catalunya es una de ellas–, la formación de mayorías suele ser lenta y trabajosa. A veces hay investiduras imposibles. Ayer se vino abajo la opción continuista de Pedro Passos Coelho en Portugal, donde habrá gobierno socialista con apoyo comunista. Bélgica ha estado más de una vez al borde del colapso y el país aún no se ha roto. En Holanda y Dinamarca también hay mucha orfebrería parlamentaria. Ya no digamos en Italia. Romano Prodi perdió en el 2007 una moción de confianza con una escena digna de Fellini. El veterano Francesco Cossiga le había prometido un determinado número de diputados si aceptaba unas condiciones. Habían acordado intercambiar unos gestos de contraseña en el debate y Prodi le desdeñó en el último minuto. Falló y tuvo que irse a casa. En España, la impetuosa Susana Díaz lo pasó bastante mal durante la pasada primavera. Creía haber efectuado una jugada maestra con el adelanto electoral andaluz y tuvo que esperar casi dos meses para obtener la ansiada investidura. Se la vio sufrir. Su ambición no estaba preparada para ese trance.

Mas, Baños y JunquerasAl vincular la eléctrica resolución rupturista con la primera votación de investidura –con la esperanza de que los diputados de la CUP sucumbiesen al miedo escénico ante la envergadura del acontecimiento–, Mas y su equipo han provocado un colosal cortocircuito, que incumbe al propio orden europeo.

Mal concebida y mal redactada, la resolución táctica ha acabado de incendiar la teatral política española –sí, en Madrid, también hay mucho teatro–, ofreciendo una generosa prima a las facciones políticas y mediáticas más adversas al autogobierno efectivo de Catalunya. Han dado prima al partido del castigo. ¿Es esto lo que realmente quiere gente que se proclama liberal? ¿Liberales que llegaron a sentir cierta simpatía por el neoconservadurismo norteamericano pre-Irak, jugando ahora al “cuanto peor, mejor” como los comunistas alemanes de 1930?

Han colocado a la defensiva a buena parte del joven voto urbano español –segmento decisivo en las elecciones de diciembre–, permeable a un pacto pragmático sobre Catalunya en la próxima legislatura. Han incentivado, sin medir bien las consecuencias, una respuesta del Estado que puede ir más allá de las resoluciones y disposiciones del Tribunal Constitucional.

Acentuando la tensión con propósitos exclusivamente teatrales, dieron un aire casi fúnebre a la sesión del lunes. Y no han conseguido que la CUP ceda, puesto que los cuperos no son Esquerra Republicana. Conciben la política como una vivencia, son duros de pelar y tienen poco que perder. “Ara és la nostra”!, es su lema.

rajoy_cataluñaLos de la CUP estos días se gustan. También los fraticelli franciscanos pueden quedar embelesados ante el estanque de Narciso, donde en cada nenúfar hay una cámara de televisión. Mas ha dramatizado innecesariamente su investidura, en vez de deslizarse cautamente hacia el 20 de diciembre. La sociedad catalana no está para dramas, puesto que la independencia se ha vendido durante tres años como una fiesta con muchas sonrisas y camisetas de colores.

Quedan días. Aconsejaría no dar a nadie por muerto. La lección del 9 y 10 de noviembre es que Catalunya no quiere dramas. Quien empuje demasiado en esa dirección, desde Barcelona o desde Madrid, perderá.

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