De inmovilistas está empedrado el camino del infierno

01 Feb 2016

Traigo a mi blog al artículo de Juan M. Blanco (@BlancoJuanM) y Javier Benegas (@BenegasJ), titulado “De inmovilistas está empedrado el camino del infierno”, donde recuerdan el famoso discurso de Antonio Maura, titulado “La Revolución desde arriba”, para enmarcar las coincidencias entre lo sucedido entonces y el momento de hoy, en el que cobran actualidad palabras pronunciadas en él, como éstas: “España entera necesita una revolución en el gobierno, y si no se hace desde el Gobierno, un transfondo formidable lo hará; porque yo llamo revolución a eso, a las reformas hechas por el Gobierno ‘radicalmente’, ‘rapidamenre’, ‘brutalmente’; tan brutalmente que baste para que los que estén distraídos se enteren, para que nadie pueda abstenerse, para que nadie pueda ser indiferente y tenga que pelear, hasta aquellos mismos que asisten con resolución de permanecer alejados”. Un siglo después, los acontecimientos parecen repertirse…

Incluyo link de acceso directo: http://vozpopuli.com/analisis/75216-de-inmovilistas-esta-empedrado-el-camino-del-infierno#.VqzJsKdepd8.twitter

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En el inicio del siglo XX, algunos intelectuales y políticos comenzaron a percibir que el Régimen de la Restauración, que hasta entonces había proporcionado cierta estabilidad, mostraba alarmantes signos de agotamiento, señales de descomposición. Fue entonces cuando Antonio Maura, primer ministro y líder del partido conservador, pronunció su famoso discurso “La Revolución desde arriba”:

España entera necesita una revolución en el gobierno, y si no se hace desde el Gobierno, un trasfondo formidable lo hará; porque yo llamo revolución a eso, a las reformas hechas por el Gobierno ’radicalmente’, ‘rápidamente’, ‘brutalmente’; tan brutalmente que baste para que los que estén distraídos se enteren, para que nadie pueda abstenerse, para que nadie pueda ser indiferente y tenga que pelear, hasta aquellos mismos que asisten con resolución de permanecer alejados“.

Ante la preocupante situación, el político mallorquín demandaba a las élites políticas una transformación profunda del sistema que moralizara la vida pública, movilizara a amplios segmentos sociales, ésos que subsistían al margen del clientelismo rampante, y generara una poderosa corriente, una mar de fondo capaz de descuajar el caciquismo y abrir paso a una verdadera democracia. Al igual que otros líderes como Francisco Silvela o José Canalejas, Maura mantenía la convicción de que si no se realizaban cambios “radicales”, el sistema acabaría desmoronándose, dando paso a un periodo de inestabilidad con consecuencias imprevisibles. Pese a su determinación, Maura se topó con la fuerte resistencia de los grupos de intereses. Sus reformas “radicales” nunca vieron la luz. Y el movimiento regeneracionista terminó embarrancado en el proteccionismo, generando aún más trabas y barreras. La historia siguió su curso. Y el Régimen de la Restauración derivó en dictadura, dio paso a la república y finalmente desembocó en una guerra civil.

Un siglo después, España se encuentra sumida de nuevo en una quiebra del modelo político, en un bloqueo institucional, con los partidos jugando al ratón y al gato, intentando colocarse en el gobierno y asentar sus posaderas en las mejores poltronas. Mientras sus dirigentes intentan cuadrar sus intereses con posibles coaliciones, importantes sectores del establishment se encaraman atemorizados a la mesa de negociación, señalando con el dedo a un rabioso ratón llamado Podemos, pidiendo a voz en cuello una gran coalición que cierre el paso a quienes “son una amenaza para la democracia”, a ésos que “solo pretenden un golpe de Estado”. Exigen, en definitiva, un gobierno que asegure la”estabilidad”, con el fin único de consolidar la recuperación económica y, si acaso, derramar sobre el pueblo algunas dádivas en forma de política ordinaria. Se equivocan de parte a parte. Y hoy no existe un Antonio Maura advirtiendo que mantener el statu quo es tan suicida como lo fue a principios del siglo XX. No hay estadista, o líder de opinión que denuncie esa táctica cortoplacista que solo sirve para ganar tiempo, para aplazar la caída al abismo y prolongar la agonía.

Un Régimen basado en favores… que se pagan

Podemos es la consecuencia final de un régimen cerrado, basado en privilegios y en barreras de acceso, tanto a la economía como a la política, un sistema de intercambio de prebendas y privilegios, donde cuenta el favor del poder, no el mérito. Y los favores se pagan. El inmovilismo de sus adversarios es el principal nutriente de Podemos, el maná que le permite adueñarse en exclusiva de una reprobación al Régimen que debería ser compartida por todos. Pablo Iglesias tiene razón en muchas de sus críticas. Pero sus soluciones son equivocadas. Y tienen poco de revolucionarias pues son lo mismo de siempre elevado a la enésima potencia. Podemos multiplicará las barreras, las restricciones, extenderá los privilegios a otros grupos de intereses aliados, llevando hasta sus últimas y más nefastas consecuencias los graves defectos del Régimen del 78.

Un acuerdo entre los partidos dinásticos para mantener el actual estado de cosas sólo puede desembocar en la descomposición definitiva del Régimen, un desmoronamiento desordenado con consecuencias difíciles de prever. Es imprescindible cambiar el statu quo actual y avanzar hacia un sistema no basado en privilegios o en el favor del poder, sino en el talento, el mérito y el esfuerzo. La superación de los liderazgos actuales y sus intereses de vía estrecha requiere una catarsis, una apertura de miras hacia los intereses de España. Una transformación que elimine las barreras que protegen a las élites, a los grupos privilegiados, y que impiden al común ganarse la vida dignamente. Hace falta pactar una nueva Constitución que garantice el juego de contrapoderes y el control mutuo; que certifique la relación directa entre representante y representado, limitando el poder de los partidos, sin descartar un sistema presidencialista al más puro estilo americano. Una nueva Carta Magna que meta en cintura el clientelismo, el caciquismo, la corrupción y el caos en el que ha devenido el Estado de las Autonomías.

Maura era conservador, cierto, pero no inmovilista: era un estadista con altura de miras, preocupado por España. Rajoy, y el resto de personajes actuales, no son conservadores en absoluto. Pero tampoco liberales o progresistas. Sólo son inmovilistas… y oportunistas. Tipos sin visión, principios ni proyecto de largo plazo. Son la expresión supina de una clase política insustancial, incapaz de trascender al interés inmediato, producto inequívoco de un sistema de selección perverso. Al contrario que don Antonio, no comprenden que el devenir histórico dista de ser un terreno firme, estático, que permita acomodarse y permanecer quieto; en ocasiones, para no verse arrastrado hacia la catarata, es necesario remar a contracorriente, en dirección contraria a la que marcan las fuerzas vivas. Como la Reina Roja de Alicia a través del espejo, hay que correr con pies ligeros tan sólo para permanecer en el mismo lugar; y acelerar a toda máquina para no ser engullido por las arenas movedizas.

Demasiados distraídos e indolentes

Que los partidos tradicionales hayan degenerado en organizaciones de malhechores y que a las puertas de palacio se aproxime Pablo Iglesias, dispuesto a expulsar a los mercaderes del templo, es el final lógico de un modelo político en el que las instituciones eran artefactos huecos, meros decorados de cartón piedra. Sin embargo, lo peor es que a la vista del abismo que se abre a nuestros pies, no seamos capaces de llegar a convenciones estrictamente democráticas; que aceptemos que las reglas del juego sigan siendo arbitrarias y tramposas. Porque mañana, quienes “asalten el cielo” no sólo podrán seguir metiendo la mano en la caja, tal y como ha venido siendo costumbre, sino que la ausencia de líneas rojas, de controles y contrapesos, les permitirá ir mucho más lejos.

Lamentablemente, los políticos no están solos en la búsqueda desesperada de una estabilidad con muy poco recorrido. Por acción u omisión les respaldan demasiados profesionales, informadores e intelectuales, esos distraídos o indolentes a los que increpaba Maura, mucho más dispuestos a acomodarse en el sistema que a colaborar para cambiarlo. Al fin y al cabo, desde un cálculo individual, egoísta, no compensa incurrir en los costes y riesgos de impulsar la regeneración, una aventura cuyos beneficios, en caso de éxito, se repartirán entre todos. Circunstancia de la que se percató hace ya muchos años Mancur Olson. Pero ahora, señores indiferentes, caballeros acobardados, nos jugamos demasiado. No es preciso que se inmolen en el altar de los héroes, ni que se jueguen su futuro a todo o nada. Tan sólo que se esfuercen para sacar esa faceta idealista, generosa, altruista que, pese a todo, anida en cada uno de nosotros.

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